lunes, mayo 07, 2012

Diseñador



Sos mi cian, magenta y amarillo.
Las combinaciones de vos me estimulan.
Tu perfume con tu lunar con tu sonrisa.
Tus cutículas con tus pestañas con tu pelo.
Tu silencio con tu sudor con tus ideas.
Tu ombligo con tus besos con tus orejas.
Sos mi paleta Pantone al 100%.
Piel sólido mate con aroma a papel recién impreso.


lunes, octubre 24, 2011

Montevideo*

A fines del siglo XIX, el escritor Roberto de las Carreras se refería a Montevideo como "la aldea". Claro, él tenía un dejo de rencor. El dandy bastardo se revelaba contra los convencionalismos burgueses de una ciudad regida por el qué dirán. Paraba en el café Moka, en la calle Sarandí y Bartolomé Mitre. Ahí le dictaba a un secretario sus obras, él no caía tan bajo. Nunca se me ocurriría dictarle mis textos a alguien, pero también he parado en la Ciudad Vieja. El casco antiguo de la ciudad, rodeado de mar y cruzado por fuertes vientos, es un imán para artistas y pseudo artistas que se avispan apenas cae el sol. Algo para picar en el café Bacacay, una cerveza y un masticable en La Ronda. Ya puedo predecir la mística, de un lugar como la Ronda, digo, cuando en el futuro los jóvenes pasen delante de sus ruinas y digan: Acá venían siempre el cantante de la Vela Puerca y los Astroboy. Es lo que tiene Montevideo. Una se codea con fantasmas todo el tiempo. Las fachadas grises, sucias, los caserones con ventanas tapiadas nos recuerdan permanentemente otras cosas, otros tiempos, pese a los stenciles con consignas posmodernas.

Para ser escritor en Montevideo no solo hay que ser valiente. Hay que ser, más que nada, irreverente. Cruzarse con esos fantasmas y no inmutarse. No dejarse amedrentar.   Esa de ahí era la casa de Juana de Ibarbourou. Bien. Acá era el Café Sorocabana. En esta silla se sentaba Onetti. Contra esa ventana Marosa di Giorgio garabateaba sobre las servilletas. Luego, considerar Montevideanos de Benedetti como un librito simpático que leíste en la adolescencia, y poner en un pedestal, eso sí, a John Kennedy Toole. Descubrir en tu calle a Galeano, cuando saca a pasear a su perro, y hacer como si nada. Levantar los hombros con desdén y pensar, bueno, no me gusta cómo manipula las emociones de los lectores.
 
Pero a quién engañamos. Todos tenemos nuestro talón de Aquiles. Cuando en una Feria del Libro un colega me tomó sorpresivamente del brazo y me paró frente a Idea Vilariño, se me paró el corazón. Algunas veces, Montevideo es eso. La aldea que te permite convivir diariamente y casi de igual a igual con los creadores. Los contemporáneos y los que ya no lo son tanto. Los admirados y de los otros. Desde el ómnibus puedo ver borrachos anónimos durmiendo en los portales, y también un mito viviente cruzando en la esquina de 18 de Julio y Yi.   Pero como toda aldea Montevideo tiene sus pros y sus contras. Es romántico y excitante convivir con fantasmas, pero es endemoniadamente difícil brillar antes de convertirse en uno de ellos.

*Texto publicado en la revista española Zona de Obras nº51

jueves, agosto 18, 2011

Escalada

Me agarré a cada una de tus palabras y me convertí en una escaladora experimentada.
Aseguré los mosquetones a las cuerdas. Anudé las cuerdas al arnés. Cubrí mis manos con polvo de magnesio y me aferré a la superficie con fuerza.
Poco a poco ascendí prendiéndome de los escalones de las E; puse mis pies de gato en el centro de las A; trastabillé en las M; atravesé con gracia las O; clavé segura los piolets a las T, y así fui creyendo en cada una de tus frases, que se hacían mejores con cada impulso de mi cuerpo. Subía lentamente, al límite de mis fuerzas: me motivaba lo que veía en la cima.
Descansé sobre las F, no le hice caso a las X, me excedí en confianza, me mareé, y comencé a agarrarme de cualquier palabra que pasara sobre mi cabeza. Las Q eran engañosas, las P se deshacían, y la pendiente se tornó peligrosa. Algunas letras comenzaron a desprenderse, a caer en pedazos sobre mí. El camino se hizo escarpado e inaccesible, las oraciones se agolpaban sin sentido, se contradecían, se desdecían, llenaban de polvo el precipicio.
Bajé magullada y cubierta de raspones, con una L clavada en el casco y una B metida entre mis ropas.
Dicen que hasta los escaladores más experimentados tienen sus días malos, por eso traté se sanarme con palabras de aliento. Pero como alguien me dijo una vez, si las palabras curaran, los botiquines estarían llenos de libros.

martes, agosto 16, 2011

Las fotos de los otros



Cuando estoy de viaje me gusta sacar fotos, registrar cualquier cosa que llame mi atención. Los edificios y paisajes típicos del lugar y esas cosas, pero también los detalles: un gato en una ventana, un anciano leyendo en un café, un muchacho arreglando su bicicleta o unas cuantas hojas flotando en un estanque. Lo que detesto es salir en mis fotografías, ponerme delante del objetivo como si yo fuese importante, cuando mi presencia en el lugar es irrelevante. ¿Qué significado tiene la Torre Eiffel conmigo dándole la espalda? ¿Qué belleza le agrega mi pinta de turista al encuadre del Ponte Vecchio de Florencia? No, mis fotos de viaje rara vez me incluyen. No necesito demostrarle al mundo que yo estuve ahí, eso rara vez le importa a alguien; viajar es una experiencia única e intransferible.
Lo que sí hago, de forma consciente y constante, es meterme en las fotos de los otros. He reflexionado bastante sobre esta afición, aunque no le encuentro mucha lógica. Cuando veo una banda de japoneses desenfundando sus Nikon último modelo, corro sin prurito a colocarme dentro del encuadre. Debe haber cientos de fotos alrededor del mundo conmigo de fondo, pasando, corriendo, levantando una mano, haciendo morisquetas. Me gusta dejar mi huella, ser una presencia curiosa y enigmática en los recuerdos de otros. El tiempo pasará, yo envejeceré en mi lugar, pero mi imagen pixelada y activada en papel fotográfico estará latiendo en los mejores momentos de esos viajeros.

lunes, junio 13, 2011

Mulder & Scully

En un pequeño escenario dos travestis hacen una parodia de Mulder & Scully. Se me da por pensar que Gillian Anderson sentiría envidia ante el cuerpo de su imitador. Sin embargo vuelvo a lo mío, tambaleo y te busco entre la gente que baila y transpira, que acecha y que fuma, que besuquea y estrella vasos contra el piso. Bajo el flash y las luces de colores todos parecemos la misma cosa. Y la cerveza que no me deja enfocar.
Te encuentro en un rincón abrazándote con alguien que conociste hace quince minutos. Confundida vuelvo hacia atrás y busco la salida. En el escenario Mulder & Scully se besan apasionadamente.
Trust no one.





martes, mayo 24, 2011

De copas


Me gusta salir de noche. De noche salimos porque queremos, con el dinero de la semana en el bolsillo y con ganas de convertirnos en nosotros mismos o en alguien más. La oscuridad nos cubre con un velo de misterio; bajo las luces tenues, las imperfecciones se disimulan. Me sorprende lo distintos que podemos llegar a ser apenas cae el sol. Lo veo en mis amigos, en los rostros anónimos que se agolpan en el bar. Algunas cosas sólo se permiten bajo el amparo de la diosa Nyx. El disco de vinilo gira, las papilas gustativas se encienden con deseo imperante de drogas, labios húmedos y tabaco humeante. Hay una chica nueva detrás de la barra. Pasa tensa un trapo sucio sobre el mármol y apenas mira a los clientes cuando le piden otra cerveza o un whisky sin hielo. El cerquillo casi le tapa los ojos y lo sopla con largos suspiros cuando se ve sobrepasada de pedidos. De esto me doy cuenta con el rabillo del ojo, mientras sigo con creciente interés la charla de mis amigos. Están hablando de mujeres, de hombres, de las conquistas de los últimos días, las proezas sexuales y las abstinencias que comienzan a hacer cosquillas en la piel. Además, cuantos más vasos vaciamos, más exuberantes nos ponemos. Decimos cosas de las cuales, por lo menos yo, sé que mañana me voy a arrepentir. Pero nada de eso me preocupa ahora, quiero decir las frases más ingeniosas y regurgitar el alma sin culpa. Es un acto de contrición sin confesionario y sin absolución sacramental.
Pasadas las tres de la mañana llega la persona que secretamente todos estábamos esperando. Estos amigos y amigas a mi alrededor, tan fieles y cercanos, me clavarían un puñal en la espalda sin dudarlo por pasar un minuto con esta criatura. Se dirige con paso decidido hacia la barra, esquiva los bultos con forma de cuerpos sin siquiera mirarlos. Pide un Jack Daniels y se queda ahí, tranquilamente, moviendo suavemente la cabeza al compás de Tom Waits. Mi grupo decide sin decirlo, y por unanimidad, ignorar esta presencia. Hacemos como que no nos importa demasiado y seguimos con nuestra charla, esta vez con menos entusiasmo. Ninguno de nosotros puede evitar desviar la mirada hacia la barra. Envidio secretamente a la chica que está ahí detrás, sirviéndole. Envidio que pueda tomar su dinero y darle el cambio. Que pueda agarrar los vasos que va dejando vacíos con la marca de su boca, que pueda recibir sus suaves “gracias”. Sabemos que nadie en este bar recibirá más que eso, que nadie se atreverá a pedir más. Y aquí va, otra noche. Otra noche en que volveremos a casa con mal gusto en la boca, y con una opresión entre los ojos que nos durará hasta mucho después de que salga el sol.


lunes, mayo 16, 2011

El vaso azul


Voy a ver a mis padres al viejo apartamento. Dejo el bolso de trabajo en el perchero de la entrada, donde hace más de quince años dejaba mi mochila llena de apuntes de facultad. El apartamento es grande y oscuro, no por falta de ventanas sino porque la mayoría de las persianas se mantienen bajas. Las habitaciones están limpias, ordenadas, pero inhabitadas. Mis padres pasan la mayor parte del tiempo en la gran cocina, y ahí los encuentro. Mi madre prepara una cena a prueba de todo: a prueba de colesterol, de arterias tapadas, de hipertensión y sobrepeso. De todas formas se las ingenia para que las verduras luzcan sabrosas. Tanto, que decido quedarme a comer. Ayudo a mi padre a poner la mesa. Me presenta la nueva vajilla. Es de esas imponentes, sólidas y modernas, como se ven en las mesas de las revistas de decoración. Desde hace un tiempo se dedican a renovar muebles y objetos. Queda muy poco de lo que solíamos usar  cuando vivíamos todos en la misma casa. Ya no está la mesa de pata floja con ralladuras de lápices de colores, a no ser en las fotos de reuniones familiares. Tampoco el voluminoso televisor donde veíamos el Coyote y el Correcaminos, que fue sustituido por una discreta pantalla de plasma.
Saco los vasos de la alacena. También son nuevos. Altos, de vidrio grueso y pesado, con líneas bien definidas. Saco tres, y me quedo mirando el espacio vacío. Al fondo, tras otros vasos idénticos, me parece descubrir algo conocido. Un vaso de vidrio azul, pequeño y sin brillo. Es el último sobreviviente de una casta de vasos que solíamos usar hace mucho tiempo. Estiro el brazo y lo traigo hacia mí. Lo sostengo. Me sorprende la cantidad de información que puede guardar un vaso. Almuerzos de domingo con asado, chorizos, y una Coca Cola de un litro ; tardes de invierno haciendo los deberes junto a la estufa  de querosén y tomando té de guaco para la tos; el proyector de cine en los cumpleaños, con Super Ratón, Cupido Motorizado y el labio superior anaranjado gracias a la Fanta.  
Me escabullo de la cocina y me dirijo a la entrada con el vaso contra el pecho. Lo guardo en mi bolso y vuelvo a la cocina. Mi madre trae las berenjenas dentro de una fuente que desconozco. Como si se tratara de una comida de un buen restaurante, todo me deja satisfecha. Pero como en todo restaurante, después de la comida uno siempre quiere volver a casa.